La primera vez que bajé a un cenote entendí algo que no sabía que estaba buscando.
No es como meterse al mar. El mar tiene ruido, movimiento, sal, gente. Un cenote no. Se baja por una escalera de madera o por unos escalones tallados en la piedra, y a los pocos metros el aire cambia de temperatura. Después cambia el sonido: primero se apagan los pájaros, después las voces, y queda ese silencio que no es ausencia de ruido sino otra cosa, un silencio con cuerpo.
El agua está quieta. Tan quieta que uno duda antes de tocarla. Y es fría de una manera precisa, casi mineral, distinta al frío del mar. Desde arriba entra un haz de luz por la boca de la cueva y baja hasta el fondo sin deformarse, porque el agua es tan transparente que apenas cuenta como agua. Se ve el piso a quince metros. Se ven las raíces de los árboles de la superficie colgando en el vacío, buscando el agua desde arriba, y a uno le cuesta creer que eso sea real.
Una tierra sin ríos
En esta península no hay ríos. Ninguno. La piedra es caliza y la lluvia no corre por encima: se filtra, atraviesa la roca, y forma abajo un sistema de cavernas y ríos subterráneos que está entre los más extensos del planeta. Toda el agua dulce de esta tierra corre por debajo de nuestros pies.
Los cenotes son los lugares donde el techo de esa red se derrumbó y quedó una ventana. Eso es un cenote: un agujero hacia el agua que siempre estuvo ahí.
Los mayas los llamaban ts'onot, y no eran para ellos una atracción ni un recurso más. Eran, al mismo tiempo, la única fuente de agua para vivir y la entrada al inframundo. Las dos cosas juntas: lo que te mantiene vivo y lo que te espera después. No conozco muchas culturas que hayan puesto ambas en el mismo lugar.
"Un cenote es un agujero hacia el agua que siempre estuvo ahí."
Lo que hay abajo
Y ahí está lo que me interesa de verdad.
En el fondo de los cenotes se ha encontrado de todo: vasijas, jade, cuchillos de obsidiana, restos de fogatas, huesos humanos. Ofrendas arrojadas hace siglos que siguen ahí, en el mismo lugar donde cayeron. En el agua de estas cuevas casi no hay oxígeno ni corriente, y esa quietud conserva las cosas de una manera que la tierra jamás podría.
Un objeto que cae a un cenote no se descompone como se descompondría enterrado. No lo cubre el pasto, no lo digiere la raíz, no lo borran los años. Se queda. Intacto y a la vista, esperando que alguien baje con una linterna mil años después.
Hay algo casi cruel en esa fidelidad. La tierra tiene la decencia de olvidar: cubre, absorbe, deja crecer algo nuevo encima. El agua de aquí no. El agua de aquí guarda lo que le entregan y lo devuelve exactamente como era, sin importar cuánto tiempo pase ni quién prefiera que ya no exista.
Uno puede vivir arriba y no pensar en eso. La mayoría de la gente que se baña en un cenote no piensa en eso. Pero cada tanto, flotando en esa agua quieta, con las raíces colgando y la luz cayendo desde arriba, alguien mira hacia abajo y se le ocurre la pregunta.
Qué habrá en el fondo de este.
Las aguas que no olvidan es un thriller psicológico ambientado en la Riviera Maya.
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