Las ideas sobran. Se le ocurren a cualquiera, en la ducha, manejando, en la fila del banco. Tener una idea no cuesta nada.
Lo que cuesta es lo otro: sostener algo que todavía no existe, volver una y otra vez a un lugar que duele, seguir cuando ya nadie te está mirando. Nadie hace eso por una buena idea. Se hace por otra cosa.
En mi caso fue una pregunta. Una sola, bastante incómoda, que llevaba años dándome vueltas y que no lograba contestar pensándola:
"¿Qué tanto conocemos realmente a la gente que dejamos entrar?"
No hablo de desconfianza. Hablo de algo más raro y más común: de esa persona con la que uno comparte años, mesa, secretos, y que un día hace algo que no encaja en ninguna versión que uno tenía de ella. Y entonces uno mira para atrás y descubre que las señales estaban ahí, todas, y que las leyó como otra cosa. No por ingenuidad. Porque necesitaba leerlas así.
El tiempo que estuvo guardada
Esa pregunta estuvo mucho tiempo guardada. Escribí sus primeras líneas hace años y después la dejé dormir, sin saber muy bien qué hacer con ella. Volvía cada tanto, la miraba, la cerraba. Supongo que no estaba listo, o que ella no lo estaba. Hay cosas que necesitan estar quietas un tiempo largo antes de poder contarse.
Cuando por fin se dejó escribir, entendí por qué había esperado tanto. Las ideas se piensan; las preguntas de este tipo hay que habitarlas. No la podía resolver dándole vueltas en la cabeza: tenía que meterme adentro y quedarme ahí el tiempo suficiente como para entender por qué dolía.
Lo que hay atrás
No sé si encontré la respuesta. Sospecho que no existe. Pero dejé de mirar la pregunta desde afuera, y eso ya fue algo.
Es todo lo que hay atrás de este libro. Ninguna idea brillante, ninguna estrategia. Una pregunta que no me dejaba en paz, y una historia como única forma de contestarla.
Si alguna vez tuviste una pregunta así, creo que vas a reconocer el terreno.
Las aguas que no olvidan es un thriller psicológico ambientado en la Riviera Maya.
Conocer la novela