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Notas del autor

Xibalbá: el inframundo que
respira bajo la Riviera Maya

Hay un lugar que los turistas pisan todos los días sin saberlo.

Está debajo de la arena blanca, debajo de las carreteras, debajo de los cenotes donde la gente se sumerge buscando frescura y una buena fotografía. Los antiguos mayas lo llamaban Xibalbá, y la palabra, en su lengua, no significa paraíso. Significa, más o menos, el lugar del miedo.

El lugar del miedo

No era un infierno como el que después trajeron los europeos —no había castigo, ni fuego, ni una moral que ordenara a los muertos en buenos y malos—. Era algo más antiguo y más difícil de nombrar: un mundo debajo del mundo, gobernado por señores con nombres que dan escalofríos —Jun Kame' y Wuqub' Kame', Uno Muerte y Siete Muerte— y por enfermedades que caminaban como personas. Un lugar al que se llegaba no muriendo, sino descendiendo.

Las puertas de agua

Aquí está lo que pocos recuerdan cuando nadan en un cenote: para los mayas, esos pozos de agua no eran atracciones. Eran puertas.

El agua dulce que hoy corre bajo toda la península —un sistema de ríos subterráneos, cavernas y cenotes que se cuenta entre los más extensos del planeta— era, en la cosmovisión maya, el umbral entre este mundo y el otro. Bajar al agua era acercarse a Xibalbá. Por eso en el fondo de muchos cenotes los arqueólogos han encontrado huesos, vasijas, ofrendas. Y a veces cosas que preferiríamos no encontrar.

"Uno puede vivir años sobre Xibalbá sin pensar en él."

La paciencia del inframundo

Lo que más me perturba de Xibalbá no es su crueldad. Es su paciencia.

En el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas k'iche', los señores del inframundo no persiguen a nadie. Esperan. Ponen pruebas. Dejan que sus víctimas se equivoquen solas, que caigan por su propia soberbia, por su propio miedo, por su propia mentira. Xibalbá no necesita atacar. Le basta con estar ahí, abajo, respirando, mientras arriba la vida sigue como si nada.

El agua no juzga, pero tampoco olvida

Uno puede construir una casa, enamorarse, empezar de nuevo, inventarse otra vida. El agua lo permite. El agua no juzga.

Pero el agua tampoco olvida. Y esa —para mí, desde que hice de esta tierra la mía— fue siempre la pregunta que no me dejaba dormir: ¿qué pasa cuando lo que enterramos en el fondo decide que ya descansó bastante?

Las aguas que no olvidan es un thriller psicológico ambientado en la Riviera Maya.

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